8/10/07

Donde nacen las palabras

En el mundo hay mucha gente.
En esta parte del mundo, hay un poco menos, pero también es mucha.
En el país hay menos, pero también es mucha.
En la provincia donde vivo, hay algunas menos, que también es...

Podría seguir así por algunos renglones más, pero no intentaré ser tedioso –me sale naturalmente-.
Ya desde hace algunos años, casi como ocho o nueve, el invento de la internet me llevó a pensar la idea de conocer personas.
Los primeros intentos fueron en el chat, allá lejitos cuando sólo había una rudimentaria ventana, con un solo tipo de letras y ningún efecto. Obviamente con la cuestión de anonimato, el invento de un pseudónimo llamativo, y tratar de mantener un discurso, que podría no ser siempre coherente.
Curiosamente, en aquella sala de chat, sin haber generado afectos particularmente coincidentes, se dio la oportunidad de hacer un encuentro generalizado. Treinta o cuarenta personas asistimos a una cita a ciegas, un asado organizado en la generosa casa de un generosísimo integrante de aquella sala de chat. Fue la primera oportunidad de “ver caras”.
El resultado? Se vieron treinta o cuarenta caras, sin llegar a conocerse. Una fiesta de disfraces sin disfraces, solo fiesta –o asado-, risas, chistes y fin de la historia.
Algunas de aquellas personas permanecieron, muchas se disolvieron con el tiempo. Yo fui una de las últimas.
Pero la idea continuaba: conocer personas.
Sí, ok, se puede conocer gente arriba de un colectivo, viajando en subte, comiendo en una pizzería, haciendo una maratón de 10 km en monopatín, o sentándose en una plaza.
También, por otro lado, hay quienes no necesitan conocer personas. Su libreta de direcciones ya está colmada y, más allá de la novedad, no les nace la curiosidad de mirar en ojos extraños. Válida esta elección, como cualquier otra.
La inquietud particular que me movía era otra, quizá no muy alejada de la inquietud de algunos más, pero en definitiva era la mía.
Sin ánimo de recrear acá alguna secuencia personal que me orientara hacia la necesidad de conocer personas, intentaré abreviarlo. Ser uno mismo en un ámbito donde no se necesitan velos que disimulen, o enaltezcan, o encubran.
Tampoco es que me hubiese tocado vivir una vida de disimulo, o de encubrimiento, pero ser uno mismo, afectivamente, porque sí, muchas veces a dado lugar a malos entendidos. O a falta de entendimiento.
Y no siempre los culpables son los demás –este discursito lo vengo mechando en cuanto diálogo mantengo, quizá para hacerme cargo de mis propias carencias, o errores-.

La cuestión es –sigo intentando no ser tedioso- que la idea de un blog, sin importar de donde yo la hubiese importado, fue generando una especie... cómo diría? de microclima.
A veces el clima no es propio, creo que lejos estoy de haberlo generado yo. Simplemente aparece, y se juntan alrededor de la fogata personas que, no por el hecho de ver luz y subir, sino de ver luz y sentirse cobijados por ella, se quedan y van enriqueciendo el fuego. Que en definitiva se alimenta no de la cantidad de leña, sino de la calidad de la madera que se arroja.
En un blog, muchas veces con disimulo, otras –muchas- sin ningún punto de conexión entre autores, pero en algunos casos con comprensión mutua del idioma empleado, se pueden conocer personas. Y cuando hablo de idioma, no me refiero a la lengua castellana, sino a reconocer desde donde salen las palabras.
Posiblemente sea sólo una apreciación mía.
Más posiblemente sea una apreciación medianamente compartida, o hasta ahí nomas. Pero la idea de CONOCER no se queda sólo en ver una cara, eso no es conocer; sino en sentir un afecto. O recibirlo, que creo que es un poco más importante, sin ningún condimento. Ya habrá tiempo para sazonarlo, o para enriquecer el gusto original, pero digamos que así cocido, y sacado de la olla, de primera mano ya huele bien.

Algunas personas, posiblemente muchas, adquieren el adiestramiento necesario para, por ejemplo, interpretar las canciones de un cantante y encontrarle el alma. O escuchar música sin palabras, de un músico en particular, y sentirse atraída por, también, reconocer el alma de quien la ejecuta. O de un escritor. O de un director de cine.
Ver, leer, escuchar, sentir por medio de algún sentido, lo escrito en una partitura, lo plasmado en un plato de un chef, en un capítulo de un libro, en una fotografía, en una pintura o en un post de un blog, quizá acercan ese pedazo íntimo.
Y ese pedazo íntimo es quien nos entibia.
Entonces ver la cara de quien escribió algo sin ningún ánimo de captar a un lector en particular, pero lo escrito nació dentro de si mismo, ya es empezar a CONOCER.
Pero no al otro, sino a uno mismo, a través del reflejo en el otro, en aquel a quien le abrimos, tímidamente al principio, la puerta por creer en aquellas palabras leídas en su blog, o en sus comentarios, y haberles encontrado, en algún punto, el alma.

Hace un par de días, en realidad por una inercia de un hecho similar de hace algunas semanas atrás, pero después del cual aún no podía juntar las palabras necesarias para expresarlo; y con intensidad variada pero en ambos encuentros con una tendencia que en ningún momento se resquebrajó en su camino ascendente, nos permitimos acercarnos entre personas que, de alguna manera, nos habíamos interpretado el alma. O al menos yo creí hacerlo. El feedback no puedo adivinarlo.

Yo, siempre fiel a la idea (propia, que no requiere en ningún caso obligación de ser compartida) de mantener el anonimato, reconociendo que este medio, más allá de hacerlo un poco nuestro, no deja de ser totalmente público y que cualquier usuario de, por decir un lugar cualquiera, Moscú ponéle, puede llegar a entrometerse en sus blogs, no daré datos de ustedes, pero ya saben, con total acierto, de quienes estoy hablando.
Vos, ya no con crédito extendido, sino con una abono de línea ganado por pura calidez sin ningún tipo de papel de seda que se requiera para atenuarla, con quien la mirada ya empieza reemplazar las palabras y el entendimiento.
Vos, con quién podemos decir que no nos habíamos conocido a través de los post particulares de cada uno, sino que fue necesario escuchar la cadencia de tus palabras, y maravillarme por el afecto transmitido hasta para relatar la predilección por un choripan.
Vos, que desde la primer receta que te leí, encontré intercalada entre las palabras una magia que me fascinó identificar, y una calidad de persona tanto emotiva como afectivamente maravillosa a pesar de la tempranez de los naturalmente limados apenas venti.
Vos, a quien la incertidumbre del primer encuentro cohibió a pesar del malbec – por vos requerido y a rajatablas respetado como señal de grata bienvenida- y a quien sólo como manifestación de estima limpia de malezas, procuré arropar del incipiente frío que intentó, sin lograrlo, congelar la fogata que, reitero, entre cuatro alimentamos no en cantidad, pero con leña de la buena.

Y aún me quedan deseos de conocer otras personas, que también saben quienes son, y a quienes también he tratado de interpretar, creo que consiguiéndolo en parte, el lugar desde donde les nacen las palabras.


(El piso no es el lugar para esto, o quizá sí. Le preguntaré al autor alguna noche de estas, pero posiblemente sea por la cercanía del onomástico –que ya está, ya pasó- pero en estas épocas las yemas de los dedos se colman de sentimiento, al que puedo llegar a enmudecer si se asoma en la garganta, pero soy incapaz de callar frente a un papel.)

23/9/07

Viaje al interior -nuestro-.

Encontrarnos la tensionaba.
Ya me lo había explicado la primera vez, y no necesite reiteraciones. Sabía de su situación, los riesgos de caminar por cualquier calle donde la reconociera quién sabe quién, cualquiera.
Y reconocerla sería, paso siguiente, vivir con el temor.
Temer nos anuda las palabras, nos dosifica el aire que ingresa en los pulmones a dosis pediátricas.
Tememos a que el mundo nos caiga encima, y que no nos mate, sino que nos increpe.
Que comiencen a sonar palabras que nos presionen como tenazas implacables.
No tememos por nosotros, tememos por tener un sentimiento gigante que nos paraliza ver disolverse, junto con las demás pequeñeces que nos acunan en cada desayuno.
Tememos quedar vivos y vacíos, hasta de dolor.

Acordamos tener pequeños viajes. Lo suficientemente cerca para no perder el deseo, y lejos para sabernos sin nombre, sin historia.
Al bajar, la primera vez, del micro nos tomamos de la mano. Jamás lo habíamos hecho.
Me regaló un beso al sol.
Caminamos las pocas cuadras que nos separaban de nuestro mundo privado riendo con carcajadas anchas, sonoras. Grandotas.
Nos detuvimos –teníamos premura por estar solos, pero nos detuvimos- mirando casas viejas, balcones otoñales, postigos ajados. Nos volvíamos ingenuos, adolescentes maravillados con la tibieza de la vida.
Cuando entramos, sus ojos brillaban de alegría.
Su cuerpo no tenía prisa, y postergó cada momento, cuando ya el tiempo no era tan importante como la distancia.
Me atormentó por horas.
Me asfixió durante siglos.
Me ahogó en innumerables marejadas.

Cuando volvíamos, en el micro que cobijaba las últimas caricias, yo pensaba mientras ella jugaba –como siempre la dejaba hacer- con mi ansiedad.
Pensaba que sí, había encontrado el lugar. El mío.
El lugar donde fijar mi residencia, donde amanecer luego de madrugadas húmedas de zozobra. El lugar que me beatificaba, me excomulgaba de sabores rancios.

Un lugar sin ladrillos.



(Gestado hace varios días, en el rebote de mis palabras encontré las cuatro que faltaban. Gracias)

13/9/07

parque lezama

Como una nuez escapada, caída de la mesa de las navidades, olvidada en un rincón, lejos de la algarabía de las doce. Sola y borracha de magia, la encontré una madrugada en una calle cualquiera de San Telmo.
Mientras caminaba y me acercaba a ella sentí su mirada que contaba mis pasos, y una voz honda y suave me pidió fuego cuando estuve a su lado.
Me quedé mirándola con mas curiosidad que oportunismo. Su pelo negro emanaba uno de esos perfumes leves e increíbles que crean esa incierta atmósfera de misterio alrededor de quien lo usa. Su vestido, sedoso y breve, marcaba una figura delgada y vibrante que no necesitaba exagerar sus movimientos para destacar sus formas.
- De tanto fuegos fatuos que rondan esta noche, solo necesito un fósforo, dijo mostrándome un cigarrillo entre sus dedos blancos y largos.
Su mirada era firme y una brisa suave acarició un mechón de su pelo así, al descuido, de tan lacio que caía sobre sus hombros.
Le dije que no tenía y, sin parpadear ni dejar de mirarme, tiró el cigarrillo al costado con un –da lo mismo. Quizá tu presencia me acompañe mejor que la del humo.
Le ofrecí, a cambio, tomar algo en cualquier lugar de por ahí, midiéndola en cada palabra.
Aceptó pero, -después de caminar un rato, dijo. Y en silencio se abrazó a mi brazo.
Caminamos algunas cuadras sin palabras hasta que el Parque, oscuro, se tropezó con nosotros.
Nos paramos en la esquina (Defensa y no se que..) y mirando al frente, a un punto fijo en la profundidad de Lezama, susurró:
-Tu silencio es mucho más que lo que merezco. Hay noches agónicas que no necesitan sonidos, noches terribles que necesito compartirlas sin palabras.
-Quiero perderme en vos esta noche.

Su mano se apoyó dictadora contra mi nuca. En un movimiento certero sus piernas interminables se enroscaron en mi cintura, y empujó con fuerza su boca contra la mía.
En silencio, su respiración se hundió profundo y estrujó su sexo contra el mío mientras se movía lenta sobre mis piernas.
El Parque giraba alrededor mientras, en un abrazo caótico y caliente, nos íbamos disolviendo uno en el otro.
Subió su pollera y tiró de mi cinturón desabrochando con furia el botón y el cierre.
Su deseo era urgente y sin preámbulos. Su mano me condujo certera hacia el centro de su ansiedad, mientras sus ojos incendiados se mantenían fijos en los míos.
Arqueó la espalda, y mi esfuerzo por sostenerla y hundirme mas allá, provocó que nos abrazáramos con tal fuerza que ambos gemimos ante el dolor mismo del abrazo.
Parados y enroscados como animales salvajes, nos escapábamos de aquella noche hacia mundos de soles ardientes e instintos incendiados (que me importa lo demás si tengo entre mis piernas y dentro de mi boca y alrededor de mis brazos todo lo que necesito).
Con los rostros empapados de sudor y saliva nos derramamos cada uno en el otro con convulsiones sordas mientras mordíamos nuestro estallido ahogado en la boca del otro.

Nos quedamos respirando juntos, húmedos y agotados, hasta que alguno recuperó la razón.
Con sus dedos blancos me dejó un beso de distancia sobre los labios.
Y se alejó en silencio, dejándome solo.

Borracho de magia.

2/9/07

desencuentro

Una hoja de papel hecha ceniza, de esa manera había quedado.
Al encontrarnos sonrió, como si nunca antes lo hubiese hecho. Pero no convenció a nadie, ni siquiera a ella misma.
Sus silencios ya no guardaban misterios, ni siquiera eran relajantes. Sólo eran silencios de falta de argumentos, de escasez de palabras, de nada de sentimientos.
Ya se habían hecho casi las 3 de la mañana y todavía deseaba retenerme, a pesar que ya llevábamos muchas horas tratando de recordarnos cómo éramos hace varios años atrás.
Y ninguno había podido reencontrar a la persona que había dejado en un vagón del subte de palermo, con las puertas cerradas interponiéndose entre ambos.

Trato de recorrerme con su índice, traté de paladearla con la lengua. Tratamos de reconocer mi aliento, su licor, nuestra humedad.
Sus manos habían perdido la intuición, buscaban en lugar de evocar.
La magia de la piel había quedado colgada en algún picaporte. Olvidada, desperdiciada.
No está enfrente de cada uno la misma persona que se podía llegar a identificar, hasta por el gusto salado de la lágrima.
No éramos nosotros.
Y de a poco, negándolo al mismo tiempo, nos íbamos decepcionando a medida que transcurría la madrugada que afuera boqueaba ahogada en lluvia.
Ya se iban agotado los últimos estertores del deseo junto con la botella y los cigarrillos.
Hasta casi ya eran difusas aquellas imágenes de veranos calientes, despertadas en colchones en el piso, confundidos en sudor, saliva y otros líquidos. Que se transformaban en almuerzos desnudos e impúdicos, y continuaban con siestas de borracheras paganas y baratas.
Algún cigarrillo compartido, y un labio mordido por el otro conformaban la resaca de la tarde.
Y la noche era un disfraz de anonimato donde jugábamos por la calle a seducir a la otra persona que actuaba como desconocida.
Y era más, hubo mucho más.
Pero ahora, en esta noche que ya nos estaba cansando de tan larga que se tornaba, aquellos seres se habían disuelto en alguna bañera lejana y desconocida, o se habían volatilizado con el calor de otros soles de otras tierras.
Al despedirnos, cuando el día comenzó a brillar contra el empedrado mojado, no hubo necesidad de palabras.

No quedaba ninguna.