1/6/18

Tinta viva.

No. Hay pedazos, jirones de uno mismo que no puede dejar olvidados. Este es uno, la escritura casi íntima, la conversación consigo mismo. la reflexión, el insulto, el pesar, la euforia.. Todo eso que no hace falta explicarles a terceros, ni a segundos. Que es propio como un sueño, como un deseo, como el gusto áspero que queda después de tomar un mal vino, o el dulce con que se regocija con el bueno. Se pueden callar muchas voces pero la que se dirije hacia dentro no hay manera de hacerlo, o no se debería.
A veces he pensado que relatar un sueño es un barbarismo repudiable, un insulto. No hay palabras que puedan usarse para que otra persona entienda qué sucedió en él. Intentarlo es resumirlo a meros hechos casi sin significado.
Lo mismo sucede con esas palabras que cada uno se dice a si mismo, esas conversaciones que se mantienen en la intimidad de una cena solitaria, de un viaje sin compañías, de un amanecer sin más testigos.
Escribir acá no es hacerlo para otros ojos. No lo estoy compartiendo, solo lo dejo registrado por si alguna vez me olvido de mantener las ganas, el sentir único que me identifica.
Claro, también se mantiene, oculta y sin demasiados pregones, la idea bastarda de encontrar aquellos ojos que comprendan. Pero no se guardan demasiadas espectativas al respecto.
Así que bueno, seguiré escribiendo.Como cuando guardaba hojas escritas ocultándolas de miradas indiscretas.
Porque siguen doliendo cosas.

Y sigue doliendo más no escribir.

5/2/15

Largo infierno

.."Entonces pensó que, por mucho que la vida sea incomprensible, probablemente la atravesamos con el único deseo de regresar al infierno que nos creó, y de habitar en el mismo junto a quien, en una ocasión, nos salvó de aquel infierno. Intentó preguntarse de dónde procedía esa absurda fidelidad al horror, pero descubrió que no tenía respuestas. Sólo comprendía que nada es más fuerte que ese instinto de volver donde nos desgarraron, y de seguir repitiendo ese instante años y años. Pensando tan sólo que quien nos salvó en una ocasión puede después hacerlo para siempre. En un largo infierno idéntico a aquel del que venimos. Pero, de pronto, clemente. Y sin sangre."

 
A. Baricco, como corresponde

31/7/14

El límite de las palabras.


El amor. No, no el amor sino los enamorados. Sí, ellos, cuando se compenetran entre si, cuando dejaron de sorprenderse y empiezan a transitar el beneplácito del encuentro, cuando ya la piel no urge sino que empieza a degustarse, a saborearse en lentas oleadas de aroma del otro, allí crean un universo personal. Una nueva lengua, un idioma único, un dialecto inconcebible para el resto. Lo crean con significados propios, con retazos de frases, de palabras, de sonidos mascullados; y los vuelven a unir formando nuevas palabras, ya con un sentido, un valor distinto al habitual, al usado por el resto de los seres.  Se identifican en su nuevo mundo como los únicos seres que lo habitan. 
Explicar, dar a conocer este dialecto, las nuevas normas concebidas, los estrenados sonidos, es vano. Nadie puede aprender los conceptos insertos en el nuevo mundo, creado por los dos.  Ni siquiera pueden llegar a acercarse sin penetrar en la piel, las miradas brillantes, el roce minúsculo de las manos que causa escozor en la nuca de ambos. No, no se puede comprender. Por lo tanto no se puede describir, pertenece al sentido estrictamente secreto del sentimiento.
Las palabras son nocivas para el sentido secreto de las cosas; todo cambia ligeramente cuando lo expresamos, nos parece un poco deformado, un poco necio…
No se puede reducir un sentimiento a palabras. Ellas no traducen, sólo hacen mención, e incluso en ello, se quedan cortas.

7/5/14

Como si..



Así, como si fuera un chasquido pero sin “chas”. O sea sin ruido, como si el aire (o el éter como sostenían hace tiempo) se abriese para consumirlo como una medusa consume un bocado de alimento, de esa manera tan artera y sigilosa que puede pasar desapercibida si uno mismo no se percata que ha sucedido algo, algo que provoca una ausencia que antes no era tal, y uno solamente tomaba como natural el hecho que la presencia no tenía cuestionamientos, solo estaba ahí – o allá, pero estaba-. Así se disuelve algo –o alguien, pero me mantendré precavido mencionándolo aún como “algo”- del permanecer cotidiano, o al menos periódico, pero sólido, tangible, palpable y manoseable. Degustable y ostensible, para el caso, aunque también irritable pero sólo a veces – que eran las menos-.
Y como corresponde, no corresponde hacer preguntas, porque, lo sabemos, las palabras son un engendro de los impíos demonios destructores del alma. No es necesario ejercitar palabras cuando ya algo que hay dentro de cada ser comprendió con toda certeza cada vericueto de la cuestión, y ni siquiera pidió ayuda al idioma para categorizarlo, sólo lo vivió como era: degustable, palpable e irritable.
Qué maravilla no necesitar palabras entre seres que saben escuchar la majestuosa música de la ausencia de ellas.