Miraba hacia la ventana enfrente suyo. Casi no importaba que pasaba del otro lado.
El rectángulo recortado contra la pared ambarina, opaca de grasas hastiadas, meticulosas y lentas como la hiedra, era lo que miraba casi sin atención pero con fijeza.
Veía un reflejo, eso sí: su propio reflejo en el vidrio mugriento de mil humos.
Si llovía del otro lado o si el mundo se desintegraba en innumerables llantos lastimeros no importaba.
Un retazo cuadrado lo aislaba de su agujero cuadrado, sin pasados y sin futuros, iluminado por la luz cuadrada, apoyado contra la mesa cuadrada, revolviendo metódicamente dentro de la taza, pálida y regordeta, que se aburría delante suyo.
Fue, luego de un rato largo de mirar sin ver, que un remolino caprichoso del otro lado del vidrio desenfocó –enfocando- sus ojos en los rizos de un cabello fuego que se detuvo huyendo de la lluvia -o del llanto- pegoteándose desprolijo contra la ventana.
4/5/09
31/3/09
Oídos y palabras
Hay personas que escuchan.
Algunas lo hacen hasta interpretar una idea, luego interrumpen esbozándola.
Otras escuchan atentamente, traduciéndose a si mismos las palabras dichas por el otro.
Hay algunas peores, las que infieren que pueden dar su opinión sobre lo escuchado, sin haber sido solicitada.
Lo mas dificultoso del hecho de escuchar, es reconocer la gramática, interpretar los puntos suspensivos, asimilar las comas, dar por comprendidos los puntos aparte.
Están aquellos que no guardan mucho interés en lo escuchado, sino como una escueta síntesis de aquello que pueda guardar alguna similitud con sus propias ideas, o alguna discrepancia con ellas.
También están los que no comprenden, pero hacen el esfuerzo por escuchar. Maravillosos ellos, mágicos casi.
Por último están los que escuchan escuchando. Los que el mismísimo sonido de las palabras los transporta a otro mundo, desconocido e irrisorio a veces, intrépido y mordaz otras, pero mantienen su silencio. Los que comprenden que precisamente en el silencio que media entre las palabras escuchadas, habita el alma de quién las dice.
Algunas lo hacen hasta interpretar una idea, luego interrumpen esbozándola.
Otras escuchan atentamente, traduciéndose a si mismos las palabras dichas por el otro.
Hay algunas peores, las que infieren que pueden dar su opinión sobre lo escuchado, sin haber sido solicitada.
Lo mas dificultoso del hecho de escuchar, es reconocer la gramática, interpretar los puntos suspensivos, asimilar las comas, dar por comprendidos los puntos aparte.
Están aquellos que no guardan mucho interés en lo escuchado, sino como una escueta síntesis de aquello que pueda guardar alguna similitud con sus propias ideas, o alguna discrepancia con ellas.
También están los que no comprenden, pero hacen el esfuerzo por escuchar. Maravillosos ellos, mágicos casi.
Por último están los que escuchan escuchando. Los que el mismísimo sonido de las palabras los transporta a otro mundo, desconocido e irrisorio a veces, intrépido y mordaz otras, pero mantienen su silencio. Los que comprenden que precisamente en el silencio que media entre las palabras escuchadas, habita el alma de quién las dice.
5/3/09
1990..
Miro los cuadros, apoyados en el piso. Estúpidos orgullos de viejas fotografías cuya autoría me niego a declarar, pero que íntimamente, casi subrepticiamente dejo declarada. Por eso el derecho de hacer con ellas lo que se me antoje: no permitirles mayor presencia que la de estar ahí, acompañando desde el lugar en el que puedan guardar su intensidad.
Recuerdo pasados tan lejanos, tan someros y tan frágiles como la sombra que he dejando sobre baldosas que apenas recuerdo, sobre arenas que ni siquiera olvido, sobre amaneceres que nunca pude ver.
Aquella mañana amanecí antes que saliera el sol. Ella hizo sonar el timbre que, prescindiendo de celulares, yo sabía que sonaría aproximadamente en ese momento.
Su cara de sueño apenas conciliado, apenas devenido, pugnaba por competir con el mío, infinitamente efímero por la visita de la otra ella, la que tímidamente había intentado justificar su viaje desde España hacía apenas algunos días para recrear aquel no tan lejano amanecer. Una araña de Nazca sobre mi alfombra.
El sopor del amanecer sobre costanera.
El sabor de saberla alejarse para siempre.
Y tan vacío que quedó el hueco de cada mano.
De ambas.
(manos..)
Recuerdo pasados tan lejanos, tan someros y tan frágiles como la sombra que he dejando sobre baldosas que apenas recuerdo, sobre arenas que ni siquiera olvido, sobre amaneceres que nunca pude ver.
Aquella mañana amanecí antes que saliera el sol. Ella hizo sonar el timbre que, prescindiendo de celulares, yo sabía que sonaría aproximadamente en ese momento.
Su cara de sueño apenas conciliado, apenas devenido, pugnaba por competir con el mío, infinitamente efímero por la visita de la otra ella, la que tímidamente había intentado justificar su viaje desde España hacía apenas algunos días para recrear aquel no tan lejano amanecer. Una araña de Nazca sobre mi alfombra.
El sopor del amanecer sobre costanera.
El sabor de saberla alejarse para siempre.
Y tan vacío que quedó el hueco de cada mano.
De ambas.
(manos..)
18/1/09
Pórticos
I
Todo acontecimiento impactante mantiene concienzudamente guardada en secreto la insensata tendencia de volver a repetirlo.
II
Demasiadas personas antes que uno mismo han pernoctado bajo las estrellas especulando que estas migajas de vida que les ha tocado en suerte vivir guarda menos felicidad que las de los demás seres. No es ninguna novedad, sólo que es patético continuar haciendo comparaciones.
III
Después de varios años volví a escuchar, accidentalmente, Silvia de Focus; nuevamente se me escapó una sonrisa.
IV
Cuando no existían los celulares el miedo a los imprevistos era ínfimo.
Todo acontecimiento impactante mantiene concienzudamente guardada en secreto la insensata tendencia de volver a repetirlo.
II
Demasiadas personas antes que uno mismo han pernoctado bajo las estrellas especulando que estas migajas de vida que les ha tocado en suerte vivir guarda menos felicidad que las de los demás seres. No es ninguna novedad, sólo que es patético continuar haciendo comparaciones.
III
Después de varios años volví a escuchar, accidentalmente, Silvia de Focus; nuevamente se me escapó una sonrisa.
IV
Cuando no existían los celulares el miedo a los imprevistos era ínfimo.
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