No es ésto algo parecido a la lluvia..?
...
No pensás que esto es algo parecido a la lluvia..?
o...
no es ésto algo apenas parecido a una mujer..?
Quizá ésto sólo es algo complicado de decir.
4/11/08
23/10/08
Tarde...ya no
Hace apenas unos meses pude recuperar algunos vestigios del pasado. Retazos amarillentos, olvidados como se olvida el olor del mar, o el néctar ajeno exudado, aprendido, bebido en noches en que ni yo ni las cortinas de las ventanas podemos atestiguar cómo sucedieron. Vestigios que si bien eran remotos, daba por descontado que ya no existían, o existían para contradecir mis esfuerzos de olvidarme que alguna vez existieron.
A veces se recuerda un juguete, el olor del plástico, la aspereza o la suavidad que tenía. El tipo de sensaciones que, vagamente, podemos asociar con aquellas primeras experiencias del mundo. Las que fueren.
Aún las jodidas.
Revolviendo viejos cajones encontré cuadernos y libros, los primeros libros, de mi paso por la escuela primaria.
Los encontré sin sorpresa, sin encanto. Como se encuentra un boleto de tren olvidado en el bolsillo de un viejo gabán, como una carta marchita, un frasco hermoso y vacío. Encontrar sin tener la urgente necesidad de hacerlo, casi cuestionando el encuentro.
Aparecieron donde –sabía- debían estar si algún azar del tiempo no se había confabulado para hacerlos desaparecer. Sin entusiasmo los hojee en un principio, y sin saber porqué decidí guardarlos, recogerlos desde su antiguo descanso para traerlos a mis pocas pertenencias actuales, a las nimias pertenencias que intentan fundirse para engendrar un recuerdo. Las que me dicen hoy quién soy, las nuevas, las adquiridas, las recibidas en regalo. Las aprendidas como mías, y extrañas justamente por ello.
A veces se recuerda un juguete, el olor del plástico, la aspereza o la suavidad que tenía. El tipo de sensaciones que, vagamente, podemos asociar con aquellas primeras experiencias del mundo. Las que fueren.
Aún las jodidas.
Revolviendo viejos cajones encontré cuadernos y libros, los primeros libros, de mi paso por la escuela primaria.
Los encontré sin sorpresa, sin encanto. Como se encuentra un boleto de tren olvidado en el bolsillo de un viejo gabán, como una carta marchita, un frasco hermoso y vacío. Encontrar sin tener la urgente necesidad de hacerlo, casi cuestionando el encuentro.
Aparecieron donde –sabía- debían estar si algún azar del tiempo no se había confabulado para hacerlos desaparecer. Sin entusiasmo los hojee en un principio, y sin saber porqué decidí guardarlos, recogerlos desde su antiguo descanso para traerlos a mis pocas pertenencias actuales, a las nimias pertenencias que intentan fundirse para engendrar un recuerdo. Las que me dicen hoy quién soy, las nuevas, las adquiridas, las recibidas en regalo. Las aprendidas como mías, y extrañas justamente por ello.
24/9/08
Delfín (*)
Un delfín en la tormenta, solo y con tanto mar por todos lados.
Endeble, con la premisa de altanería lacrada en su piel, muy a su pesar. Y tanto que le queda ajena, extraña, casi tan mal acuñada como una cicatriz bastarda que la acompaña en su difícil camino.
La conocí una tarde de febrero, no por su forma, sino por el aroma que brotaba de algún lugar cerca de su nuca.
La supe sentada a mi lado, sin palabras, y sólo tenía sentidos para aquel aroma. Era lo que mejor la descifraba, ocultando todo aquello necesario de ocultar, poniendo sólo a la intemperie la punta de aquella piedra rosetta que traducía distintas lenguas a la única conocida, mostrando al mismo tiempo que había demasiado. Enmascarando sólo para cualquier ser distraído que no se detuviera a buscar más allá del aroma, más adentro en su propia naturaleza, el origen indiscutiblemente selecto de esa extraña, pero descifrable marca. Quizá mucha mujer, quizá sólo una corteza.
No cruzamos palabra, pero estábamos al tanto uno del otro. Supe que era mi turno de mover, y aún así no lo hice. Hubiese sido acelerar, desbocar a los caballos en una desenfrenada carrera intuyendo que no era el tiempo, aunque esa era la manera más ansiada quizá, pero más segura también de llevar a la zozobra una embarcación demasiado fresca como para internarse en profundidades que el tiempo signaba como destinatarias de su estructura.
Sabía que los caminos se nos cruzarían, aún sin saber cómo, pero estaba escrito.
Mi tiempo se iba acortando pero el suyo no guardaba premura. Sólo una herencia mórbida y mis desajustes siempre de momentos equivocados.
Pero estaba escrito. Y ambos lo sabíamos, aún sin saberlo.
(*) Del cuaderno de lo escrito hace muchos años
Endeble, con la premisa de altanería lacrada en su piel, muy a su pesar. Y tanto que le queda ajena, extraña, casi tan mal acuñada como una cicatriz bastarda que la acompaña en su difícil camino.
La conocí una tarde de febrero, no por su forma, sino por el aroma que brotaba de algún lugar cerca de su nuca.
La supe sentada a mi lado, sin palabras, y sólo tenía sentidos para aquel aroma. Era lo que mejor la descifraba, ocultando todo aquello necesario de ocultar, poniendo sólo a la intemperie la punta de aquella piedra rosetta que traducía distintas lenguas a la única conocida, mostrando al mismo tiempo que había demasiado. Enmascarando sólo para cualquier ser distraído que no se detuviera a buscar más allá del aroma, más adentro en su propia naturaleza, el origen indiscutiblemente selecto de esa extraña, pero descifrable marca. Quizá mucha mujer, quizá sólo una corteza.
No cruzamos palabra, pero estábamos al tanto uno del otro. Supe que era mi turno de mover, y aún así no lo hice. Hubiese sido acelerar, desbocar a los caballos en una desenfrenada carrera intuyendo que no era el tiempo, aunque esa era la manera más ansiada quizá, pero más segura también de llevar a la zozobra una embarcación demasiado fresca como para internarse en profundidades que el tiempo signaba como destinatarias de su estructura.
Sabía que los caminos se nos cruzarían, aún sin saber cómo, pero estaba escrito.
Mi tiempo se iba acortando pero el suyo no guardaba premura. Sólo una herencia mórbida y mis desajustes siempre de momentos equivocados.
Pero estaba escrito. Y ambos lo sabíamos, aún sin saberlo.
(*) Del cuaderno de lo escrito hace muchos años
16/9/08
Preguntas
Cuánto es mucho?
Cuántos son muchos?
Muchos son “los suficientes”?
Muchos son “algunos más que unos cuantos”?
O será que “mucho” es algo que no tiene una medida estipulada?
Quizá, no, es seguro que el “mucho” no es para todos igual, ni siquiera lo mismo. Por lo tanto no es medible con parámetros ajenos, que suelen llegar como diatribas amenguantes sin medir el tono cuántico de quien dice “muchos” (“que suelen llegar como....sin medir el tono...de quien dice..”).
“Muchos” vive lindando en la frontera con los “demasiados”, y cruzarlo sería una torpeza. Jactarse de tener “mucho” es muy distinto a apenarse de tener “demasiado”.
Por ahora se acercan a ser “muchos” y distan... aún distan de ser “demasiados”.
Y no quisiera llegar a ellos.
Cuántos son muchos?
Muchos son “los suficientes”?
Muchos son “algunos más que unos cuantos”?
O será que “mucho” es algo que no tiene una medida estipulada?
Quizá, no, es seguro que el “mucho” no es para todos igual, ni siquiera lo mismo. Por lo tanto no es medible con parámetros ajenos, que suelen llegar como diatribas amenguantes sin medir el tono cuántico de quien dice “muchos” (“que suelen llegar como....sin medir el tono...de quien dice..”).
“Muchos” vive lindando en la frontera con los “demasiados”, y cruzarlo sería una torpeza. Jactarse de tener “mucho” es muy distinto a apenarse de tener “demasiado”.
Por ahora se acercan a ser “muchos” y distan... aún distan de ser “demasiados”.
Y no quisiera llegar a ellos.
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