19/6/20

Ira


Intolerante. Eso define perfectamente un estado de ánimo.
Y tampoco es necesario apaciguarlo, reducirlo, domarlo de alguna manera. Me sienta bien ser intolerante.  Ya no tengo una edad en la que puedo disculpar alegremente una nimiedad para otros, porque ya no me queda mucho por vivir, mucho en relación a tiempo. En cuanto a intensidades aún son un infante.
No tolero la intromisión, el exabrupto sin sentido, la blasfemia solo por el regocijo de interponerla en un diálogo. El “perdón” siempre, siempre es tardío. Y vano. Es similar a la circunstancia inverosímil de ofrecerle solo una curita a quién se le ha descargado un cargador completo de un fusil, partiéndolo en dos o en cinco. Es un resarcimiento banal, cínico incluso. Se dice “perdón” con una facilidad demasiado vacía, demasiado nada. Es más sencillo decir “perdón” que ponerse en la actividad neuronal de la escucha, de la mirada, de la percepción del acontecer. Es más fácil que pensar, en definitiva.
Y no me agradan los holgazanes. Ya, a esta edad mía, donde no me queda mucho tiempo de continuar en ella, me puedo permitir hacérselos saber. No llegan a irritarme, solo me estorban en mi devenir.
Y las interrupciones son parte de ello. Es el respeto diluido en una urgencia falaz. Interrumpir una idea tratada de gestar en palabras, en hechos, es un insulto. Y el resarcimiento de ello, el “perdón” no es suficiente.
Odio al mundo, y a quienes el mundo ha bifurcado de su natural sentido en la convivencia.
Sépanlo. Y no pidan disculpas, porque ya será tarde.

2/6/20

La Peste

Al principio de las plagas y cuando ya han terminado, siempre hay un poco de retórica. En el primer caso es que no se ha perdido todavía la costumbre, y en el segundo, que ya ha vuelto. En el momento de la desgracia es cuando se acostumbra uno a la verdad, es decir al silencio. Esperemos.
                                                                                                                                                              A. Camus

22/3/20

Tiempos modernos


He leído hace unos días, de manera cierta no sabría decir cuándo ya que estos confinamientos al que nos hemos encaminado hacen difícil discernir entre un día y otro, que estos tiempos, no los de epidemias que azotan por varios costados sino tiempos actuales de hace unos años a esta parte, son tiempos de rapidez, aceleración. Tiempos donde se intenta tener satisfacciones inmediatas, de lo que fuere. Comidas, series, noticias, medidas políticas, viajes, guerras incluso, amores también porqué no.

Esto mismo, leía, nos hace descreer;  ni siquiera la fe se exime de ser requerida a que actué con más rapidez en la multiplicación de panes y peces.  Es como si fuéramos al cine –que ya no vamos, tampoco- y nos levantáramos de la butaca y saliéramos luego de transcurridos tres cuartos de la película: no necesitamos un final, sino una trama que nos alimente por un rato. No buscamos un mensaje, una abstracción  que nos acompañe por el resto de la semana.  

La inmediatez nos dejó desprovistos de una de las últimas formas que tenía nuestra alma para permitirnos sentir cosas intangibles, el viento entre los dedos, el olor de mar, el segundo de una sonrisa  imperceptible pero certera.

Ya no somos románticos. Se ha diluido en un tiempo donde lo sensacional, lo magnifico acapara toda la atención.


Solo hay ojos con pena y vacío. Y serán abundantes. 

9/1/20

Eco


Hay días que me despierto con un ánimo, cómo diría, un estado mental para ser más certero, cercano a vos. Me despierto cercano a M.

Al mismo tiempo tiendo a callar esos momentos, a guardarlos sin siquiera hacer mención, porque es algo bastante personal, y no porque sea prohibido o censurable, sino porque los humanos nunca, nunca estamos en una sintonía tal, que una persona escuche el eco verdadero de las palabras de otra…” escribía hace algunas semanas en un correo (qué cosa! hemos dejado de enviar cartas, para  bautizar a los mensajes como correos, mails u otras formas espurias, que le quitaron a las cartas la poesía del papel escrito, estampillado y enviado en el viento hacia otro ser) a una amiga. Quizá a ella pudiera ser a la única a la que le podría mandar una carta, papel escrito, firmado, doblado en dos o en tres, metido en un sobre también de papel, timbrado, y largado a la buena de dios para que al cabo de algunos días ella lo reciba, y se regocije de ello, no importa qué palabras encuentre escritas. El primer efecto sería el regocijo.

Pero haberle enviado ese contenido en una carta, algo que no sería entregado y casi leído de manera inmediata, le hubiese tergiversado el efecto. Porque soñé con ella. O no con ella, sino con alguien que pude asociar a ella como el rostro o con movimientos semejantes a los suyos.

Hubiese deseado que se emocionara, aún sin decírmelo. Que se inquietara de manera cálida, que hubiese deseado verme, o abrazarme. No, con ella no nos abrazamos, el contacto corporal se mantiene a raya, aunque yo lo deseara.

“…porque los humanos nunca, nunca estamos en una sintonía tal, que una persona escuche el eco verdadero de las palabras de otra…” quedó como corolario del correo enviado, luego de leer el mensaje de respuesta que, obviamente, me hizo llegar.

Días después, varios, leo que el Sr Borges escribió -o transcribió, mejor dicho- “cosa vana son la adivinación, los agüeros y los sueños; lo que esperas, eso es lo que sueñas.”

Claro.