No. Hay pedazos, jirones de uno mismo que no puede dejar olvidados.
Este es uno, la escritura casi íntima, la conversación consigo mismo. la
reflexión, el insulto, el pesar, la euforia.. Todo eso que no hace
falta explicarles a terceros, ni a segundos. Que es propio como un
sueño, como un deseo, como el gusto áspero que queda después de tomar un
mal vino, o el dulce con que se regocija con el bueno. Se pueden callar
muchas voces pero la que se dirije hacia dentro no hay manera de
hacerlo, o no se debería.
A veces he pensado que relatar un sueño
es un barbarismo repudiable, un insulto. No hay palabras que puedan
usarse para que otra persona entienda qué sucedió en él. Intentarlo es
resumirlo a meros hechos casi sin significado.
Lo mismo sucede
con esas palabras que cada uno se dice a si mismo, esas conversaciones
que se mantienen en la intimidad de una cena solitaria, de un viaje sin
compañías, de un amanecer sin más testigos.
Escribir acá no es
hacerlo para otros ojos. No lo estoy compartiendo, solo lo dejo
registrado por si alguna vez me olvido de mantener las ganas, el sentir
único que me identifica.
Claro, también se mantiene, oculta y sin
demasiados pregones, la idea bastarda de encontrar aquellos ojos que
comprendan. Pero no se guardan demasiadas espectativas al respecto.
Así que bueno, seguiré escribiendo.Como cuando guardaba hojas escritas ocultándolas de miradas indiscretas.
Porque siguen doliendo cosas.
Y sigue doliendo más no escribir.
1/6/18
5/2/15
Largo infierno
.."Entonces pensó que, por mucho que la vida sea incomprensible, probablemente la atravesamos con el único deseo de regresar al infierno que nos creó, y de habitar en el mismo junto a quien, en una ocasión, nos salvó de aquel infierno. Intentó preguntarse de dónde procedía esa absurda fidelidad al horror, pero descubrió que no tenía respuestas. Sólo comprendía que nada es más fuerte que ese instinto de volver donde nos desgarraron, y de seguir repitiendo ese instante años y años. Pensando tan sólo que quien nos salvó en una ocasión puede después hacerlo para siempre. En un largo infierno idéntico a aquel del que venimos. Pero, de pronto, clemente. Y sin sangre."
A. Baricco, como corresponde
31/7/14
El límite de las palabras.
El amor. No, no el amor sino los enamorados. Sí, ellos, cuando se compenetran entre si, cuando dejaron de sorprenderse y empiezan a transitar el beneplácito del encuentro, cuando ya la piel no urge sino que empieza a degustarse, a saborearse en lentas oleadas de aroma del otro, allí crean un universo personal. Una nueva lengua, un idioma único, un dialecto inconcebible para el resto. Lo crean con significados propios, con retazos de frases, de palabras, de sonidos mascullados; y los vuelven a unir formando nuevas palabras, ya con un sentido, un valor distinto al habitual, al usado por el resto de los seres. Se identifican en su nuevo mundo como los únicos seres que lo habitan.
Explicar, dar a conocer este dialecto, las nuevas normas concebidas, los estrenados sonidos, es vano. Nadie puede aprender los conceptos insertos en el nuevo mundo, creado por los dos. Ni siquiera pueden llegar a acercarse sin penetrar en la piel, las miradas brillantes, el roce minúsculo de las manos que causa escozor en la nuca de ambos. No, no se puede comprender. Por lo tanto no se puede describir, pertenece al sentido estrictamente secreto del sentimiento.
Las palabras son nocivas para el sentido secreto de las
cosas; todo cambia ligeramente cuando lo expresamos, nos parece un poco
deformado, un poco necio…
No se puede reducir un sentimiento a palabras. Ellas no traducen, sólo hacen mención, e incluso en ello, se quedan cortas.
7/5/14
Como si..
Así, como si fuera un chasquido pero sin “chas”. O sea sin
ruido, como si el aire (o el éter como sostenían hace tiempo) se abriese para
consumirlo como una medusa consume un bocado de alimento, de esa manera tan
artera y sigilosa que puede pasar desapercibida si uno mismo no se percata que
ha sucedido algo, algo que provoca una ausencia que antes no era tal, y uno
solamente tomaba como natural el hecho que la presencia no tenía
cuestionamientos, solo estaba ahí – o allá, pero estaba-. Así se disuelve algo –o
alguien, pero me mantendré precavido mencionándolo aún como “algo”- del
permanecer cotidiano, o al menos periódico, pero sólido, tangible, palpable y
manoseable. Degustable y ostensible, para el caso, aunque también irritable
pero sólo a veces – que eran las menos-.
Y como corresponde, no corresponde hacer preguntas, porque,
lo sabemos, las palabras son un engendro de los impíos demonios destructores
del alma. No es necesario ejercitar palabras cuando ya algo que hay dentro de
cada ser comprendió con toda certeza cada vericueto de la cuestión, y ni
siquiera pidió ayuda al idioma para categorizarlo, sólo lo vivió como era:
degustable, palpable e irritable.
Qué maravilla no necesitar palabras entre seres que saben
escuchar la majestuosa música de la ausencia de ellas.
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