15/6/11

Agítese y vuelva a servir

La lectura es un don que no se queda sólo en eso: si se agita una y otra vez y se usa con frecuencia, tarde o temprano se alcanza ese placer tanto más sofisticado y exquisito que la lectura. Me refiero a la relectura. De algún modo, la primera lectura (misterio, incertidumbre, sorpresa) nos escoge a nosotros. Pero somos nosotros quienes escogemos lo que vamos a releer. Y, de acuerdo, ya no hay novedad. Sabemos cómo empieza y termina; aunque en ocasiones, cada vez más seguido, descubramos que no recordamos nada del cuerpo de la trama y que nos hemos quedado, apenas, con un perfume inolvidable. Pero el placer de volver allí es el mismo del retornar al sitio de unas vacaciones inolvidables.
Rodrigo Fresán

15/2/11

Fractura

El postrero, quizá debilitado pero viviente estentor de una vida que apenas se quiere asomar a una vejez estoica -soy medio dramático con los desfalleceres del cuerpo- me resquebraja los días.
Una escápula...no, no, sino un esfenoides...tampoco, sino una clavícula, eso, una clavícula fracturada, me enturbia las mañanas.
No tengo demasiada sapiencia respecto a los resquebrajos internos, pero en algún momento siento que algo que desde el nacimiento estaba ahí, sólido, peremne, inalterable, de repente pierde su perpetuidad. Como si todo el ser debiera ser continuo hasta el final, pero reconociendo que raramente es así. Y más: habiendo estropeado -ocupado por chuparle a la vida hasta el caracú- algunos órganos interiores, de esos que todos tenemos pero que rara vez nos ponemos a recordar como propios.
Hoy... no se si volveré a ser el que era ayer.
Pero puede que sea un renacer...

Hoy.
El
parto
me
duele.
(Más por dentro que en la clavícula)

19/9/10

Noche de verano

Miró con ojos pequeños a la luna. Ojos apenas visibles, de esos que se intuyen más que verlos. Ojos que ven, no de los que sólo miran.

Se quedó un rato así, perpleja divisando las zonas más oscuras, hasta que al fín habló. Su voz apenas era audible, pero no era un murmullo. Simplemente era una voz plácida, de esas que suenan claras como dentro de una catedral en silencio, sin necesidad de ser elevadas. Como la voz de una mujer en una catedral.

Nunca me habías dicho que rondaba tus sueños- dijo.

Me avergoncé por mi secreto descubierto. Hubiese deseado mantenerlo así, callado y solitario como esos tesoros que se esconden en el fondo del cajón de la mesa de luz, no olvidados sino sencillamente fuera del alcance de la cotidianeidad, de la vista constante destructora del regocijo de la sorpresa contenida, del placer íntimo, de la vulgaridad mansa.

Tampoco quise preguntarle cómo lo sabía. Lo sabía y punto. Era parte del influjo que me ceñía a su lado, parte de los misterios de su religión. La religión femenina, y la suya particularmente.

A veces quiero hablarte en esos sueños, pero sólo algo muy dentro mío me confiesa que esa persona desconocida sos vos- dije a media voz. Y temo hablarle a otra persona.-

Su mirada continuaba en lo alto, descifrando signos inverosímiles en aquel disco pálido colgado con un hilo invisible de la nada.

Temés, siempre tuviste temor.-

Bajé la mirada.

Temés ser el hombre simple, inmensamente cálido que te habita. Temés desnudarte, temés que la herida en tu talón se traslade a tu pecho. Temés la risa del encuentro, temés dejarte llevar a la deriva.

Temés ahogarte.-

...

Y de la vida lo único que nos llevamos con un júbilo supremo de haber vivido, son los ahogos.- dijo cerrando los ojos mientras rozaba mi frente con sus dedos.

Los ahogos...-
Sólo ahogos.-


22/8/10

O sea, la poquitud es preferible a la nadez

Tu ne quaesieris (scire nefas) quem mihi, quem tibi fienm di dederint, Leuconoe, nec Babilonios temptaris numeros.
Ut melius quicquid erit pati!Seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam, quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare Tyrrenum, sapias, vina liques et spatio brevi spem longam reseces.
Dum loquimur, fugerit invida aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.

o..

No preguntes (pues es nefasto conocerlo), Leuconoe, qué fin han puesto para mí los dioses, cuál para ti, ni sondees el cálculo babilonio.
¡Cuánto mejor soportar lo que haya de ser, tanto si Júpiter nos ha concedido muchos inviernos, como si es el último nuestro el que ahora quiebra las olas del mar Tirreno en azote contra los escollos!

Sé sabia, filtra el vino y, breve como es la vida, corta la esperanza larga.
Mientras hablamos, habrá huido celosa la edad: goza a bocados del momento, confiada lo menos posible en el de mañana.


un tal Horacio, hace mucho