Miro los cuadros, apoyados en el piso. Estúpidos orgullos de viejas fotografías cuya autoría me niego a declarar, pero que íntimamente, casi subrepticiamente dejo declarada. Por eso el derecho de hacer con ellas lo que se me antoje: no permitirles mayor presencia que la de estar ahí, acompañando desde el lugar en el que puedan guardar su intensidad.
Recuerdo pasados tan lejanos, tan someros y tan frágiles como la sombra que he dejando sobre baldosas que apenas recuerdo, sobre arenas que ni siquiera olvido, sobre amaneceres que nunca pude ver.
Aquella mañana amanecí antes que saliera el sol. Ella hizo sonar el timbre que, prescindiendo de celulares, yo sabía que sonaría aproximadamente en ese momento.
Su cara de sueño apenas conciliado, apenas devenido, pugnaba por competir con el mío, infinitamente efímero por la visita de la otra ella, la que tímidamente había intentado justificar su viaje desde España hacía apenas algunos días para recrear aquel no tan lejano amanecer. Una araña de Nazca sobre mi alfombra.
El sopor del amanecer sobre costanera.
El sabor de saberla alejarse para siempre.
Y tan vacío que quedó el hueco de cada mano.
De ambas.
(manos..)
5/3/09
18/1/09
Pórticos
I
Todo acontecimiento impactante mantiene concienzudamente guardada en secreto la insensata tendencia de volver a repetirlo.
II
Demasiadas personas antes que uno mismo han pernoctado bajo las estrellas especulando que estas migajas de vida que les ha tocado en suerte vivir guarda menos felicidad que las de los demás seres. No es ninguna novedad, sólo que es patético continuar haciendo comparaciones.
III
Después de varios años volví a escuchar, accidentalmente, Silvia de Focus; nuevamente se me escapó una sonrisa.
IV
Cuando no existían los celulares el miedo a los imprevistos era ínfimo.
Todo acontecimiento impactante mantiene concienzudamente guardada en secreto la insensata tendencia de volver a repetirlo.
II
Demasiadas personas antes que uno mismo han pernoctado bajo las estrellas especulando que estas migajas de vida que les ha tocado en suerte vivir guarda menos felicidad que las de los demás seres. No es ninguna novedad, sólo que es patético continuar haciendo comparaciones.
III
Después de varios años volví a escuchar, accidentalmente, Silvia de Focus; nuevamente se me escapó una sonrisa.
IV
Cuando no existían los celulares el miedo a los imprevistos era ínfimo.
4/11/08
Esto
No es ésto algo parecido a la lluvia..?
...
No pensás que esto es algo parecido a la lluvia..?
o...
no es ésto algo apenas parecido a una mujer..?
Quizá ésto sólo es algo complicado de decir.
...
No pensás que esto es algo parecido a la lluvia..?
o...
no es ésto algo apenas parecido a una mujer..?
Quizá ésto sólo es algo complicado de decir.
23/10/08
Tarde...ya no
Hace apenas unos meses pude recuperar algunos vestigios del pasado. Retazos amarillentos, olvidados como se olvida el olor del mar, o el néctar ajeno exudado, aprendido, bebido en noches en que ni yo ni las cortinas de las ventanas podemos atestiguar cómo sucedieron. Vestigios que si bien eran remotos, daba por descontado que ya no existían, o existían para contradecir mis esfuerzos de olvidarme que alguna vez existieron.
A veces se recuerda un juguete, el olor del plástico, la aspereza o la suavidad que tenía. El tipo de sensaciones que, vagamente, podemos asociar con aquellas primeras experiencias del mundo. Las que fueren.
Aún las jodidas.
Revolviendo viejos cajones encontré cuadernos y libros, los primeros libros, de mi paso por la escuela primaria.
Los encontré sin sorpresa, sin encanto. Como se encuentra un boleto de tren olvidado en el bolsillo de un viejo gabán, como una carta marchita, un frasco hermoso y vacío. Encontrar sin tener la urgente necesidad de hacerlo, casi cuestionando el encuentro.
Aparecieron donde –sabía- debían estar si algún azar del tiempo no se había confabulado para hacerlos desaparecer. Sin entusiasmo los hojee en un principio, y sin saber porqué decidí guardarlos, recogerlos desde su antiguo descanso para traerlos a mis pocas pertenencias actuales, a las nimias pertenencias que intentan fundirse para engendrar un recuerdo. Las que me dicen hoy quién soy, las nuevas, las adquiridas, las recibidas en regalo. Las aprendidas como mías, y extrañas justamente por ello.
A veces se recuerda un juguete, el olor del plástico, la aspereza o la suavidad que tenía. El tipo de sensaciones que, vagamente, podemos asociar con aquellas primeras experiencias del mundo. Las que fueren.
Aún las jodidas.
Revolviendo viejos cajones encontré cuadernos y libros, los primeros libros, de mi paso por la escuela primaria.
Los encontré sin sorpresa, sin encanto. Como se encuentra un boleto de tren olvidado en el bolsillo de un viejo gabán, como una carta marchita, un frasco hermoso y vacío. Encontrar sin tener la urgente necesidad de hacerlo, casi cuestionando el encuentro.
Aparecieron donde –sabía- debían estar si algún azar del tiempo no se había confabulado para hacerlos desaparecer. Sin entusiasmo los hojee en un principio, y sin saber porqué decidí guardarlos, recogerlos desde su antiguo descanso para traerlos a mis pocas pertenencias actuales, a las nimias pertenencias que intentan fundirse para engendrar un recuerdo. Las que me dicen hoy quién soy, las nuevas, las adquiridas, las recibidas en regalo. Las aprendidas como mías, y extrañas justamente por ello.
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